Mil rosas rojas

Mil amazonas cabalgan
mil caballos desbocados.
Dos terratenientes muertos
del camino, justo a un lado.

Un cadalso solitario,
sobre un cielo acarminado,
con un obrero que pende
y del viento, es balanceado.

¡Malditos los mil ríos rojos
que los campos inundaron!
Que maculan sementeras
con surcos, de mil arados.

Malditas sean las mil celdas
con presos encadenados,
que no han podido sembrar
lo campos de ellos labrados.

Mil golondrinas humildes
han abandonado el campo.
Camuflándose de negro
con el pecho colorado.
Van colocando crespones.
Encendiendo candelabros.
Preparan el velatorio
y cubren con hojas muertas
los mil muertos deshonrados.

En la prensa han escrito
un corto comunicado:
Fue de, Aníbal el bárbaro
la degollina sangrienta
de hombres ajornalados.

Desaliento

Mis suspiros son viento
que levantan los mares,
para cubrir de espuma
mis más negros pesares.

Yo grito al horizonte
buscando confesarme.
El viento me responde
que no me escucha nadie.
Y sigo suspirando
y levantando mares.

En mi corazón llevo
poesías encadenadas,
que gota a gota dejo
rebosar en la nada

Unas caen en el viento.
Otras caen en el agua.
Algunas en lo inmenso,
y ninguna en un alma.

Pasé y canté mi ardor
por el confín del orbe;
más para gran desgracia,
antes de hacerse día,
cubrió todo la noche.

Y guardo mil recuerdo
dentro de mi guitarra,
que monótona canta
las épocas pasadas.

Que de azafrán y nieve
la mariposa alada,
no encuentra la vivienda
donde duermen las hadas,
que abren los maleficios
de las horas malvadas.

Y sigo suspirando.
Levantando las aguas.
Cubriéndome de espuma
los pesares del alma.
Y grito al horizonte,
que ya, no queda nada.

La gacela

Hay una inquieta gacela
que baja cada mañana,
de los montes de tu pecho,
al valle de mis entrañas.

En un arroyo sedienta,
se para por beber agua,
pero la sed que padece,
el agua, no se la sacia.

Necesita de caricias.
Necesita las palabras.
Necesita de las fuentes
que manan, ascuas y llamas.

Ribera de sentimientos
con manos entrelazadas.
Blanca nieve, rojo fuego.
Montaña, al valle legada.

Allí, se escucha el silencio.
La gacela allí remansa,
ávidamente bebiendo.
Entonces, reposa sacia.

Canto de poeta

Dicen que la poesía, la voz de un pueblo es.
Que canta sus problemas y sus penas.
Que revela, la sangrías de sus venas;
abiertas por el rico y el burgués.

No pienses que veo el mundo del revés.
Yo, se mirar también las cosas buenas.
Como se oculta, el hambre con verbenas,
resaltando el folklore, en plan cortés.

Y aquí surge, el dicho ese que abunda:
Al ver que maquillamos nuestras penas,
nos tildan, como de España profunda.

Más el poeta, seguirá por sus arenas.
Marcará sus pisadas como tumbas,
donde yazca, la sangre de sus venas.