Soy

Cuando estoy en la tierra, soy de tierra.
Cuando estoy en el fuego, soy las llamas.
Me diluyo en la niebla y soy tinieblas,
y como humano, lo soy en cuerpo y alma.

Cuando llega la noche a su cenit, soy lucero.
Cuando llega la aurora, me vuelvo golondrina.
Me precipito del cielo en forma de aguacero
y en el ardiente desierto, soy áspid asesina.

Soy la sombra sumergida del agua cristalina,
que mana de la tierra que hiero en mi camino.
Soy la palabra aguda, que punza como espina.
Y sin poder elegirlo libremente; ese, es mi sino.

A luz de luna

¡Deja que baje la luna
para alumbrar nuestro encuentro!
Que está el callejón oscuro
y son tus ojos tan negros,
que no reflejan los míos
implorando un sentimiento.

¡Ay, reja que nos separa!
barrotes de mis tormentos!
Que el corazón me desgarra
como tenazas de acero
que manejasen las manos
de un verdugo de otros tiempos.

Deja que baje la luna.
Que ilumine tu ventana.
Que quiero mirar tu imagen
hasta llegar la mañana.
Y luego… que Dios me ayude
para poder recordarla.
Porque quiero cada día
cuando ante el espejo valla,
poder encontrar la tuya
en el puesto de mi cara.

Acoso

Siento correr por mis venas
un caudal de tinta negra.
Mi cuerpo como un tintero
de recovecos y puertas,
se pierde en los entresijos
de mil poesías inconcretas.

Me acosan los ventanales
con mil caras asomadas,
detrás de turbios cristales
con bocas desencajadas
que piden paz e igualdades
en un valle de esperanza,
verde de zarzas, rosales
y con figurillas blancas,
de mujeres diminutas
sin brazos, pero con alas.

Me acosan los inocentes
en sus cajas de madera
que rezuman sangre, hambre
y deseos de vidas nuevas,
donde los niños pequeños
no tengan que comer piedras.

Y me acosan los tinteros
que tienen la tinta seca.
Que tienen muertos los ojos.
Que tienen las manos yertas.
Que tienen en sus cerebros
campos de luces y hierba.

¡Por favor que no me acosen!
Dejadme cuadrar las cuentas,
que soy un hombre sencillo
con ilusiones abiertas.

Pobre halcón

Cuando me siento halcón, levanto el vuelo .
Cuando quiero mirar la creación.
Cuando quiero evadirme de la angustia,
o cuando quiero ensanchar mi corazón.

Más, como un gran velo pintado de amargura,
que cubriese la pupila de mis ojos.
En lugar de ver bellezas, compasiones y ternuras,
contemplo solo avaricias y despojos.

Aquí, se se divisa al hombre, cuanto es hombre.
La metralla que el hambre administra.
Aquí, contemplo, al humano, enfermo y pobre,
y al que lo puede matar, sin dejar pista.

Se contempla la sangre de los mártires de guerra,
que a las batallas fueron sin opciones,
que rezuma de la piedra, en pobres tierras,
y se convierte, en motín de los ladrones.

Aquí se divisan, los niños mercenarios.
Los que buscan en la basura su sustento.
Los que en las minas hacen, trabajos temerarios,
o… Los que entregan su pureza por sustento.

Se ha rasgado el velo que ocultaba el santuario,
lo que era sagrado, se ha hecho publico.
El poder ya no respeta al humilde proletario,
y lo humano, se representa en modo impúdico.

Y yo, pobre halcón desorientado en mi ignorancia,
soy, de agredir a las palomas incapaz.
Porque unas me dan pena, y las otras repugnancia.
Porque odio la rapiña. Porque amo la justicia, amo, la paz.

El manantial

Me perdí en el sendero
que conduce a lo excelso,
entre hojas de rimas
y retoños de versos.

Los arboles de ensueños
estaban los primeros
con sus ramas alzadas,
buscando un azul cielo
donde duermen las rosas
perennes en el tiempo.

Madreselvas y mirtos
en un pequeño cerco,
protegían la laguna
cristalina del centro.
¡Manaba la poética.
Gorgoteaban los sueños!

Entre las esperanzas:
la flor de los anhelos.
Entre la zarzamora:
jazmines lisonjeros.
Y del centro del agua,
brotaban los desvelos.

Bebí en aquel remanso.
Quería saciar mi sed.
Más, cuando probé el agua
yo, aun más quería beber,
quedando así cautivo
del dolor y el placer.

Y, me quedé en la fuente
atrapado del verso,
por morder la manzana
del jardín de lo excelso.