¡Quien diría que vino al mundo
con los ojitos cerrados!
¡Hubo de darle un cachete
que le provocase el llanto!
Luego…Se aferró a la vida
como un parado, al trabajo.
Acabo de verlo muerto.
Acabo, de amortajarlo.
Cincuenta años de miseria.
Otros tantos de trabajo.
Le puse, el traje de novio
y sus ojos he cerrado.
Los ojos que abrir no quiso,
los dejó, desencajados.
Con dos monedas encima,
los párpados sujetados
y sus manos trabajadas,
sobre su pecho, apagado.
El silo de corazones,
también archivo de llantos,
ha recibido sus huesos,
sus bondades, sus pecados,
y protegerá su cuerpo
de la maldad del malvado.
Reposará, con sus sueños,
y su paraíso frustrado.
Junto a la tumba llorando,
cuatro hijos lo despiden,
entre coronas y ramos
de flores medio marchitas,
con bendiciones y salmos
que reza el cura del pueblo,
con su dinero pagado.