De los duendes que habitan en el lago,
escuché; tus referencias personales.
Me atrajeron sus detalles, sus halagos,
entonados con sus voces celestiales.
Rompí, el cristal de las aguas con denuedo.
Te busqué, bajo su fondo tenebroso.
Al no encontrarte, yo sentí frío y miedo
y lloré, mi desengaño doloroso.
Más los duendes, me cantaban tu presencia.
Continuaban animándome a buscarte.
Y te busqué, despreciando la evidencia.
Me prometí proseguir, hasta encontrarte.
Sin conocerte, te amaba ardientemente.
Me imaginaba, tu cuerpo, tu presencia.
¡Súbita, vi tu silueta entre el torrente
y en las aguas, cual fruto de demencia!
Eras, hermosa, como una estatua griega.
Tu blanca veste, de estrellas y de hielo
igual que un cisne, que sus alas despliega;
que acrecentaba, mis deseos, mis anhelos.
Cabello que flota en un acuoso limbo,
cual misteriosa áurea, de oro y de cristal.
Como la frágil flor, que abre su corimbo;
y que un sol irradia, con su luz cenital.
Me hechizó, tu mirada transparente,
Etéreo Zafiro, de tallado excelso.
¡Fui a abrazarte y eras solo torrente!
Fuiste amor líquido: de ida, sin regreso.
Me inundaron tus corrientes por mis venas.
Quedé preso del lago y del torrente.
Derrumbaste de mi castillo las almenas,
dejándome el enemigo, frente a frente.
Y… Aquí sigo, venerando quimeras.
Sigo soñando, con duendes y visiones.
Y contemplo el vuelo de aves agoreras,
que se comen de mis manos, mis pasiones.